La mala suerte es un término que se utiliza desde la misma aparición del hombre sobre la tierra, y la creencia sobre su existencia crece o disminuye de acuerdo al mejora educativo de las sociedades.
Contrario a la mala suerte, además hay fervientes creyentes de la buena suerte, que se caracteriza por la extracción repentina y muy rápida de prosperidad.
Ambas convicciones se aplican de forma tajante, sin restricciones, dependiendo de las creencias de quien sustenta una y la otra.
La buena o mala suerte no solo se le aplica a personas, además hasta en estructuras físicas, dependiendo del mantenimiento bueno, malo o torpe que reciben.
Ese es el caso del histórico estadio de La Normal, sito en el sector de Villa Consuelo, el cual se viene cayendo a pedazos desde hace muchos primaveras, a pesar de las constantes promesas de rescate por parte de las autoridades municipales y nacionales.
Una instalación con ese valencia histórico, debe ser una prioridad, tal y como son otras obras donde se han efectuado hechos que han dejado marcada a la sociedad por siempre.
Desde la campaña electoral de 2020, uno de los principales objetivos que se planteó la flagrante alcaldesa, Carolina Mejía, fue el rescate de esa instalación.
Sin requisa, no se ha intervenido por una especie de “nudo jurídico” que tienen propiedades aledañas que deben ser compradas o confiscadas para ejecutar los trabajos.
Desde hace primaveras he abogado por el rescate de ese estadio, el primero donde se jugó béisbol profesional. El martes, un reportaje de Primitivo Cadet en el publicación Hoy, enfoca el dejadez a que sigue sometido, aunque allí juegan miles de niños y jóvenes de 16 ligas de 10 barrios .
