En la República Dominicana, el pulso contagioso del merengue y la animada entorno de los clubes nocturnos son parte integral de nuestra civilización. Estos son los espacios donde celebramos la vida, donde la música se siente como una parte fundamental de quienes somos. La idea de que tal alegría podría repentinamente ser destrozada, especialmente en un oportunidad querido como Jet Set, era poco que nadie podría acaecer imaginado.

En esa terrible confusión, cuando la música llenó el éter, se desarrolló un horror inimaginable. El techo cedió, no solo colapsando a la multitud, sino aplastando las esperanzas y los sueños en un instante. No hubo advertencia, ni tiempo para palabras finales o abrazos. La marcha de aquellos que perdimos ahora deja un dolor duradero en los corazones de familias y amigos, un malogrado que las fotografías y los memorias apreciados solo pueden empacharse parcialmente. Ninguna comunidad debería tener que soportar una experiencia tan devastadora y profundamente triste.

En medio de los restos y el dolor en curso, surge una verdadera verdad: debemos mirar con un ojo más crítico en los lugares donde nos reunimos. Existe una responsabilidad que recae en aquellos que proporcionan estos espacios para el disfrute notorio, una responsabilidad para respaldar la seguridad y la integridad estructural de sus lugares para cada persona que camina por la puerta, ya sean locales o visitantes que buscan cotejar la vivacidad de nuestra civilización. Los lugares destinados a la celebración nunca más deben convertirse en imagen de una pérdida tan desgarradora correcto a negligencia o supervisión.

Ante esta inmensa tragedia, el espíritu del pueblo dominicano brillaba a través de la oscuridad. Los bomberos, los equipos de rescate, los profesionales médicos e innumerables voluntarios que se apresuraron a la imagen mostraron un coraje extraordinario y una dedicación inquebrantable. Trabajando incansablemente en medio del caos y el peligro, sus esfuerzos desinteresados ​​para encontrar sobrevivientes y ofrecer consuelo fueron un prueba de la fuerza y ​​la compasión de nuestra nación. Su valentía y compromiso en esas desgarrador horas nunca serán olvidados.

Esta tragedia en Jet Set debe servir como una amonestación poderosa y duradera. Exige que nosotros, como comunidad, prioricemos la seguridad por encima de todo. Debemos asegurarnos de que se aplican códigos de construcción estrictos, que se realicen inspecciones regulares y exhaustivas y que la responsabilidad sea primordial. Deje que el silencio que ahora cuelga donde la música una vez llenó el éter sea un recordatorio constante de la preciosidad de la vida y la urgente carencia de asegurar los espacios donde nos unimos para celebrarla.

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Por Anita González Sigler
Escritor contribuyente