La imagen de un destino turístico en pleno Caribe se construye no solo con playas de arena blanca y complejos hoteleros de opulencia, sino incluso, y de modo fundamental, con la calidad humana y el bienestar de sus anfitriones. Para un país como República Dominicana, donde el turismo es una actividad esencial para la patrimonio, la salubridad mental de su población va más allá de ser una preocupación social, es un activo importante de marca.
Un destino donde los visitantes perciben que sus anfitriones son personas con salubridad mental idónea —amables, empáticas y seguras— genera confianza y fomenta la repetición. Por el contrario, la presencia visible de personas con trastornos mentales severos o la percepción de una sociedad tensa y pasivo puede confundir rápidamente el atractivo turístico y la sensación de seguridad que todo viajero sondeo.
La destacada neuropsicóloga Norma Duarte, fundadora del Centro Nuevo Comienzo, es una de las expertas que ha puesto sobre la mesa la situación de la salubridad mental en el país, un tema que merece ser analizado bajo esta perspectiva de expansión doméstico.
Deterioro exponencial y la carga de la pospandemia
La doctora Duarte advierte que República Dominicana ha experimentado un estropicio de la salubridad mental que califica de “exponencial”, una crisis histórica que se agudizó de modo dramática tras la pandemia de COVID-19. Al respecto, cita la previsión de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que señaló la insalubridad mental como “la gran pandemia” que seguiría a la crisis sanitaria.
Este estropicio se manifiesta, afirma, en una sociedad en la que el humanismo y la sensibilidad podrían diluirse y ensuciar esa correctamente ganada percepción del turista en cuanto a la hospitalidad del dominicano. Sin requisa, la yerro de paciencia, el aumento de los problemas conductuales en niños, la depresión de niño enmascarada y el incremento de trastornos de ansiedad y pánico son claros indicadores de un tejido social bajo una intensa presión, al aseverar de la neuropsicóloga.
La yerro de administración de casos de salubridad mental representa un desafío directo para la seguridad y la imagen del país como destino turístico de primer nivel. (Foto: Fuente externa)
La experto es crítica con la yerro de prioridad histórica que los gobiernos han cedido a esta dominio. La audiencia psicológica y psiquiátrica es perspicacia de forma “peyorativa”, lo que se suma a barreras sistémicas insostenibles: “A veces una cita para un niño o una madre dura seis meses en un hospital de República Dominicana. Imaginemos el deterioro que eso implica”. Esta situación de dejación, encima de afectar la calidad de vida de los ciudadanos, crea un círculo de vulnerabilidad que, de modo forzoso, se podría proyectar en dirección a la experiencia turística.
La Ley 12-06 y la necesidad de un protocolo auténtico
Existe una esperanza cautelosa delante la promulgación de la Ley 12-06 sobre Salud Mental y el anuncio de una red de centros por parte del Ministerio de Salud Pública. Sin requisa, la Dra. Duarte expresa sus reservas, basadas en el historial de promesas aún por cumplirse.
Un punto crucial que el experto resalta es la condición de un protocolo de audiencia más fiel y humano. Según Duarte, la ley debe permitir que familiares y hasta vecinos con “humanidad” puedan activar una red de apoyo para proteger a personas en estropicio, y evitar así tragedias y situaciones de aventura que a menudo se ven en el espacio divulgado, incluidas áreas visitadas por turistas.
Al chocar casos de trastornos graves como la esquizofrenia, la Dra. Duarte enfatiza que estas personas, una vez diagnosticadas, requieren un tratamiento diferente y digno. “Si bien la esquizofrenia es una enfermedad invalidante e irreversible que requiere medicación y apoyo de por vida, con la atención adecuada, un paciente esquizofrénico puede llevar una vida digna”, expresa.
En varias ocasiones las autoridades de salubridad y de turismo han señalado que las personas con trastornos mentales graves y sin el soporte adecuado deambulando por las calles es una señal clara de un sistema de salubridad mental que requiere atención urgente.
Si correctamente son ciudadanos que merecen respeto y ayuda, la yerro de administración de estos casos representa un desafío directo para la seguridad y la imagen del país como destino turístico de primer nivel. Invertir en centros especializados y en la rehabilitación no es solo un acto de jurisprudencia social, sino una inversión en la reputación doméstico, en específico en un destino como República Dominicana, líder del Caribe en llegadas de viajeros (el país rompió récord en 2024, según cifras oficiales del Ministerio de Turismo, miturcon la emblema histórica de 11.192.047: entre 8.535.742 turistas por vía aérea y 2.656.305 cruceristas).
Integrar la salubridad mental en políticas públicas restablecimiento la vida de los residentes y fortalece la imagen internacional del país como un emplazamiento seguro y saludable para vacacionar. (Foto: A. Morales)
El desafío del utilitarismo
La Dra. Duarte aborda un problema de fondo: el utilitarismo y la conversión del efectivo en el “Dios” de la humanidad. Este aberración, exacerbado por las redes sociales, ha generado, lamenta la neuropsicóloga, “jóvenes que buscan hacerse millonarios de ahora para ahorita y que experimentan una gran frustración si no logran objetivos rápidos”. Esto evidencia que una parte de la humanidad dejó de sensibilizarse, de sorprenderse delante el mal; simplemente, para algunos, todo resulta normativo.
Según la doctora, a la pérdida de títulos se suma una preocupante yerro de humanismo que se observa en ciertos segmentos de la clase médica, “en la que cada vez más predomina la falta de empatía, lo que produce un deterioro en la confianza en las instituciones y en la calidad de los servicios”. Para el sector turístico, esta porte podría traducirse en un mal servicio, un trato imprevisto y una experiencia común insatisfactoria para el visitante.
Un destino con altos índices de ansiedad, violencia o consumo problemático de sustancias proyectan inseguridad y estropicio social, lo que afecta su atractivo turístico. Integrar la salubridad mental en políticas públicas restablecimiento la vida de los residentes y fortalece la imagen internacional del país como un emplazamiento seguro y saludable para vacacionar.
En el boletín núm. 115 de la Sociedad Interamericana de Psicología, el Dr. César E. Castellanos, representante en República Dominicana, afirmó que “la salud mental es un pilar fundamental en la construcción de sociedades saludables y resilientes”. Explicó que el país ha pasado de un maniquí institucional centrado en el hospital psiquiátrico en dirección a una atención más comunitaria e integrada en el sistema de salubridad común. Sus planteamientos ponen de relieve que la calidad de vida y el bienestar psicosocial de la población inciden en la cohesión social y de la modo en que la nación se proyecta en dirección a el exógeno, un aspecto secreto para comprender el vínculo entre salubridad mental y atractivo turístico.
En esa misma perspectiva de bienestar como valencia importante, el doctor Alejandro Cambiaso, presidente de la Asociación Dominicana de Turismo de Salud (ADTS), ha señalado que este sector aporta más de 1,300 millones de dólares al año y atrae a unos 300 mil pacientes internacionales (el turista de salubridad gasta en promedio US$7,500, frente a los US$1,200 de un turista de ocio). Destaca que República Dominicana se ha consolidado como destino líder en la región gracias a la calidad de sus servicios médicos y hoteleros, así como a la confianza de la diáspora que regresa para cobrar atención. Su visión conecta con el debate sobre salubridad mental y turismo: la competitividad del país se sostiene en la capacidad de proyectar una sociedad saludable, con bienestar físico y psicológico, que refuerza su imagen internacional como destino confiable y hospitalario.
La secreto para atraer al viajero más ávido va más allá de la infraestructura y radica en el caudal humano: una sociedad con anfitriones emocionalmente estables, con llegada a servicios de salubridad mental eficientes y con una civilización de empatía y cuidado mutuo, constituye el mejor “producto” que un destino puede ofrecer al mundo. Un país que vela por la salubridad mental y la seguridad de sus habitantes genera un ecosistema de inigualable calidez de forma inmediata. La calidad de un destino se mide, en última instancia, por la vida, el orgullo y la satisfacción de su muchedumbre y sus líderes: esta es la respaldo de un turismo extraño.
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Por Anita González Sigler
Redactora, escritora, diseñadora de moda y artesana.
lunaparche@gmail.com
