La relación entre Haití y la República Dominicana ha sido reflejada, interpretada y, en ocasiones, cuestionada durante mucho tiempo a través de la humanidades. Los escritores haitianos, en particular, se han comprometido con la República Dominicana no simplemente como un país vecino, sino como un espejo histórico, cultural y político, uno que revela orígenes compartidos y profundas fracturas. Sus escritos deben entenderse en el interior del contexto más amplio de los legados coloniales, la formación de identidades nacionales, los conflictos fronterizos y los episodios de violencia que han moldeado la conciencia de ambas naciones.
Uno de los intelectuales haitianos más destacados que ha escrito sobre la República Dominicana es Jean Price-Mars. Al escribir principalmente entre principios y mediados del siglo XX, especialmente durante y posteriormente de las ocupaciones estadounidenses de Haití (1915-1934) y de la República Dominicana (1916-1924), Price-Mars abordó la isla como un espacio cultural compartido históricamente conocido como Quisqueya. Su trabajo enfatizó la herencia africana global a los dos pueblos y criticó la tendencia de la élite dominicana a desmentir o minimizar esta herencia en protección de una identidad hispana.
Escribió ensayos, reflexiones diplomáticas y estudios etnográficos, a menudo desde Haití pero asimismo durante sus misiones diplomáticas en el extranjero. Su enfoque fue analítico y correctivo: buscó desmantelar lo que percibía como una alienación histórica y cultural en el interior de la identidad dominicana. Su motivación tenía sus raíces en un tesina intelectual más amplio: la rehabilitación de la herencia africana y la crítica de lo que denominó “bovarismo colectivo”, la tendencia a recusar la propia ingenuidad cultural.
Otra figura secreto es Jacques Roumain, quien, aunque más conocido por su novelística Gouverneurs de la rosadaasimismo reflejó indirectamente la condición compartida de Ayiti/Hispaniola. En sus escritos de las décadas de 1930 y 1940, la perspectiva marxista y humanista de Roumain lo llevó a interpretar las tensiones entre Haití y la República Dominicana como arraigadas en la lucha de clases y la explotación económica más que en un antagonismo puramente étnico o franquista. Si proporcionadamente no se centró exclusivamente en la República Dominicana, su telescopio caribeña y antiimperialista más amplia incluía implícitamente las realidades dominicanas. Escribió principalmente en Haití y en el deportación, y su método fue tanto culto como ideológico, utilizando la novelística y el simbolismo para exponer las desigualdades estructurales.
Quizás el compromiso haitiano más directo y cargado de emociones con la República Dominicana surge en respuesta a la Masacre de Parsley, ordenada por Rafael Trujillo. Este suceso, en el que miles de haitianos fueron asesinados a lo extenso de la frontera, marcó profundamente la conciencia literaria haitiana. Escritores como René Depestre y, más tarde, Edwidge Danticat revisitaron este trauma.
La novelística de Danticat. El cultivo de huesos (1998), aunque escrito en inglés y procedente de la diáspora, es una de las reconstrucciones literarias más poderosas de la exterminamiento. Al escribir desde Estados Unidos, se basó en historias orales y en la memoria colectiva, adoptando un enfoque profundamente humano y basado en la novelística. Su propósito no era sólo documentar, sino humanizar: dar voz a las víctimas cuyas historias habían sido marginadas durante mucho tiempo.
Raíces históricas y marcos narrativos
El “por qué” detrás de estos escritos es crucial. Los autores haitianos no escribieron sobre la República Dominicana en el infructifero. Sus obras estuvieron determinadas por tensiones históricas, incluida la ocupación haitiana de Santo Domingo (1822-1844), arraigada en la invitación extendida por Núñez de Cáceres a Jean-Pierre Boyer para armonizar la isla. También se involucran con la independencia dominicana, las disputas fronterizas, las ideologías raciales y la influencia persistente de potencias extranjeras.
Escribir sobre la República Dominicana se convirtió, para muchos intelectuales haitianos, en una forma de cuestionar la identidad, tanto la propia como la de su vecino. También sirvió como medio para objetar a la violencia, corregir narrativas históricas y afirmar la dignidad frente a la limitación u hostilidad.
El “cómo” varía significativamente. Algunos, como Price-Mars, adoptaron un tono escolar y diplomático, buscando diálogo y corrección. Otros, como Danticat, utilizaron la humanidades como espacio de memoria y duelo. Otros más emplearon marcos ideológicos, como el marxismo y el panafricanismo, para interpretar la relación. Sin bloqueo, a pesar de estas diferencias, un hilo global recorre gran parte de este escrito: una tendencia a acercarse a la República Dominicana a través de la telescopio del conflicto, el trauma o la crítica.
Si proporcionadamente este enfoque tiene una saco histórica, asimismo tiene limitaciones. Al centrarse predominantemente en momentos de ruptura (ocupación, exterminamiento, discriminación), la humanidades corre el peligro de animar una novelística de división permanente. Puede solidificar involuntariamente los mismos límites que escudriñamiento cuestionar.
Más allá de la división: alrededor de un horizonte culto compartido
Por lo tanto, es necesario un enfoque diferente, que no borre la historia, sino que la reformule en el interior de un horizonte más amplio de humanidad compartida y construcción mutua. Los escritores haitianos y dominicanos podrían atracar más profundamente temas de interdependencia, hibridación cultural y resistor compartida. La isla Hispaniola no es sólo un motivo de conflicto; asimismo es un espacio de intercambio: lingüístico, musical, religioso y crematístico. Las tradiciones espirituales vudú y dominicana, por ejemplo, comparten raíces africanas, y las comunidades fronterizas a menudo mantienen formas diarias de cooperación a pesar de las narrativas nacionales de división.
Las manos tocan tambores tradicionales durante un ritual caribeño, donde las tradiciones espirituales y musicales compartidas con raíces africanas continúan conectando comunidades en Haití y la República Dominicana, más allá de las divisiones de la historia. (Foto creada con IA, con fines ilustrativos/Dominicano Hoy)
Un enfoque culto renovado podría destacar historias en coautoría, antologías colaborativas y publicaciones bilingües o trilingües (criollo, francés, gachupin) que reflejen la ingenuidad gramática de la isla. Los escritores podrían explorar historias de solidaridad: dominicanos que protegieron a los haitianos durante la exterminamiento de 1937 o iniciativas contemporáneas en las que ambas comunidades trabajan juntas. La humanidades podría convertirse no sólo en un espacio de memoria, sino asimismo en un laboratorio de reconciliación.
Además, ir más allá de un entorno puramente franquista alrededor de una perspectiva pancaribeña o panafricana podría ayudar a situar tanto a Haití como a la República Dominicana en el interior de una lucha compartida más amplia contra los legados coloniales y la desigualdad completo. Este cambio permitiría a los escritores hallarse unos a otros no como opuestos, sino como expresiones paralelas de una condición histórica global.
Vistos en su conjunto, los escritores haitianos que se han comprometido con la República Dominicana lo han hecho con profundidad, emergencia y conciencia histórica. Han escrito en respuesta a hechos reales, desde debates intelectuales hasta rupturas violentas, utilizando diversos métodos que van desde la etnografía hasta la ficción. Sus obras son indispensables para comprender las complejidades de la isla. Sin bloqueo, el subsiguiente paso puede reclinar en metamorfosear la humanidades de un espacio de división a uno de convergencia, donde se preserve la memoria. Aún así, pueden surgir nuevas narrativas de pelotón y destino compartido.
Es por esta razón que se necesita un enfoque renovado de los escritos sobre las dos naciones, basado en una pedagogía rigurosa de la colonización, la descolonización y la poscolonización. Esto postrer, en particular, constituye, en un nivel profundo, una de las principales fuentes de malentendidos y antagonismos persistentes. La poscolonización no puede reducirse a un único período histórico; designa una condición mental y estructural en la que las jerarquías heredadas del sistema colonial continúan dando forma a las representaciones, las identidades y las relaciones sociales.
Dentro de este entorno, ciertas construcciones de identidad se basan en narrativas parciales o idealizadas, en particular la noticia de un clase exclusivo arraigado en la herencia española y arahuaca. La evidencia histórica indica que en 1502 las poblaciones arahuacas habían sido casi diezmadas, mientras que la importación a gran escalera de africanos ya había comenzado, intensificándose significativamente en 1510. El orden colonial francés se establecería más de un siglo posteriormente. Estas realidades exigen un reexamen crítico de los cimientos sobre los que se han construido las identidades nacionales en la isla.
El serio desafío, por consiguiente, radica en trascender esta condición poscolonial. Las violencias simbólicas heredadas del orden colonial –a menudo mecanismos invisibles que devalúan ciertas culturas mientras privilegian a otras– han generado formas profundas de alienación, que en ocasiones conducen al distanciamiento o incluso al rechazo de las propias raíces culturales.
Un cuerpo culto renovado, consciente de estas dinámicas, podría trabajar para deconstruir esos marcos heredados, no para reabrir las heridas del pasado, sino para restaurar una conciencia histórica compartida. Al iluminar estos procesos, se haría posible una transición de la sospecha a la comprensión mutua, y de la división a un gratitud lúcido de una herencia global, una condición esencial para cualquier acercamiento significativo y duradero entre los dos pueblos.
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Por Jacques-Alix Louis
Educadora, traductora, consultora e investigadora independiente haitiana radicada en la República Dominicana. Es mejor conocido por su trabajo escolar y culto sobre la historia y la pedagogía de Haití.
