Los Ángeles.-LeBron James ganó un partido increíble. No el del sábado contra los Houston Rockets. Tampoco el del martes. LeBron ganó una batalla que ha sido increíble para la humanidad: vencer al tiempo. Sueñan los griegos, en vano, bañarse dos veces en un mismo río. Volver, en la adultez, a la adolescencia, al menos por un rato.
A esta importancia, ya no importa quién es el mejor. No es eso lo que está en gozne. Ni siquiera el encomienda. LeBron es el físico más dominante de todos los tiempos, por lo que le dio la superiora naturaleza pero asimismo por lo que trabajó para exprimirlo al mayor.
Es un nivel de triple-doble a la tiempo en la que absolutamente todos están de asueto.
LeBron jugó contra los padres y repite contra los hijos. Es el Rey. Pero más que Rey, ha sido el Dios Cronos, devorando sus versiones anteriores para construir nuevas.
Cada que vez que lo dimos por muerto, cada vez que lo sentimos terminado, se levantó para un capítulo más.
Perseverancia. Metodología. Control. Obsesión con las dietas alimenticias, con las horas de campo, con la precisión del sueño.
Con la recuperación en cámaras hiperbáricas. Todo está cronometrado, trabajado al detalle. Se llegó a afirmar que LeBron gastaba más de un millón y medio de dólares por año en su cuerpo. En esto, James ha sido un ejemplo incomparable para las nuevas generaciones: el único circunscripción en el que éxito está antaño que trabajo, es en el diccionario.
Los Lakers, sin Luka Doncic ni Austin Reaves, estaban listos para poner la otra mejilla delante Houston. Lo sabía JJ Redick, lo sabían los rivales.
Legado
41 Año tiene LeBron haciendo historia.
El martes anotó 28 puntos, capturó ocho rebotes y repartió siete asistencias.
