Por-:Mario Dávalos
la situacion
El gobierno del PRM llegó al poder sobre un eje claro: honestidad contra corrupción. Ese eje estructuró su novelística, ordenó su coalición y, sobre todo, definió al adversario. El PLD no fue sólo un partido perdedor; Era la encarnado institucionalizada de lo que había que aventajar.
Ese eje ya no sustenta el drama.
Tres episodios lo desplazaron: la tragedia del Jet Set, el corte militar y el escándalo del Senasa; una red de fraude al Estado valorada en más de 15 mil 900 millones de pesos, con vínculos directos con funcionarios del PRM y el entorno cercano del presidente Abinader. Tomados por separado, cada uno podría gestionarse. Juntos, producen un meta diferente: erosionan la premisa sobre la que descansaba la legalidad del gobierno.
Lo que ha surgido en su superficie no es simplemente descontento. Es un replanteamiento de los criterios de evaluación.
La cuestión que estructura el debate divulgado ya no es ¿Quiénes son más honestos? Es ¿Quién sabe regentar?
lo que esto produce
El desplazamiento del eje no resuelve el drama, sino que lo redistribuye. Cada actor enfrenta ahora una serie de dilemas que no existían, o no tenían esta forma, cuando asumió el gobierno.
El PRM se enfrenta a un dilema de persuasión de doble filo. Por un banda, no logra convencer a la opinión pública de su capacidad de trámite: los apagones, el Senasa y la desaparición de un plan franquista en presencia de la crisis entero han instalado la novelística de la incompetencia. Por otro banda, no puede simplemente desamparar el eje de la honestidad (es su activo fundacional) sino que ese activo se ha devaluado en presencia de sus propios escándalos. El partido intenta apoyar uno y otro argumentos simultáneamente y no logra convencer con nadie de ellos.
Presidente Abinadercomo figura personal, conlleva un dilema de confianza específico. No hay dudas sobre sus intenciones (que, por lo militar, se le conceden) sino sobre su capacidad para hacer que las cosas sucedan. La brecha entre discurso y ejecución ha crecido lo suficiente como para que el diálogo convocado por Abinader en presencia de la crisis –procedimiento que ha utilizado reiteradamente– sea calificado por sectores de la competición como “propaganda mediática”. La forma en que gestiona las crisis ya es en sí misma parte del problema.
El PLD se enfrenta a un dilema de confianza de naturaleza inversa. La opinión pública reconoce lo que le niega al PRM: experiencia, estructura institucional, capacidad de trámite. Danilo Medina y el partido tienen una historia de gobierno que, en el nuevo eje, es una verdadera superioridad. Pero la honestidad sigue siendo su talón de Aquiles. Pueden competir en el ámbito de la competencia; Todavía no pueden competir en el campo de la credibilidad pudoroso sin que el pasado los frene.
La fuerza del pueblo opera con viejo espontaneidad táctica. Leonel Fernández ha capitalizado cada crisis (Senasa (“la gran estafa a los pobres”), el corte, la crisis entero) sin aceptar el costo de regentar. Su dilema es de otro tipo: la acumulación de críticas aún no se ha propuesto, y la distancia entre señalar el problema y demostrar que se puede resolver sigue siendo la pregunta sin respuesta.
El problema de la maniobra.
La dificultad de PRM no es sólo el contenido. También se alcahuetería de postura.
El gobierno no ha acabado dominar la memorándum pública. Responder a las situaciones que otros establezcan; la crisis energética, el escándalo flagrante, el enfoque de un líder de la competición, en superficie de construir el ámbito desde el cual se interpretan estas situaciones. Es en modo reactivo de modo estructural, no episódica. La reactivación es ahora parte de su identidad pública.
Esto tiene una consecuencia directa en la percepción de capacidad: un gobierno que reacciona parece, por definición, abrumado por los acontecimientos. La novelística de la incompetencia no requiere nueva evidencia; Se alimenta de la postura misma.
Mientras tanto, la competición ha ido ganando dominio digital. El PLD y la Fuerza del Pueblo han construido una presencia comunicacional que el gobierno no ha podido contrarrestar. El descomposición interno, si existe, no se ha traducido en una corrección visible. Las figuras secreto de la comunicación oficial no dominan la dinámica del entorno digital en el que se libra hoy la viejo parte del combate político.
El resultado es que la competición construye significado. El gobierno lo cuestiona, siempre tarde y a medias.
Interpretaciones en competencia
En desaparición de una novelística oficial articulada, el espacio se ha fragmentado en interpretaciones que coexisten sin resolver. Algunos sectores leen la situación como una crisis de comunicación: el gobierno hace más de lo que puede explicar y el problema es la trámite de mensajes, no la trámite pública.
Otros lo interpretan como una crisis de liderazgo: el presidente no ejerce la autoridad ejecutiva necesaria para producir resultados y el problema es estructural, no comunicacional.
Hay quienes lo interpretan como el ciclo natural de desgaste: cada gobierno llega a este punto en su segundo mandato y el PRM puede recuperarse si estabiliza la capital antiguamente de 2028.
Y hay quienes ya no leen la situación en términos del flagrante gobierno: piensan directamente en la sucesión, en la alianza opositora que impide al PRM conservar el poder, en el nombre que puede competir en 2028.
Cada una de estas lecturas tiene su método. Pero tienen un meta global: nadie requiere una respuesta urgente. Todos permiten esperar.
Lo que esto previene
La fragmentación de las interpretaciones no es indeterminado. Produce un resultado concreto: no hay una descripción compartida de lo que está en colección.
Sin esa descripción compartida:
- El gobierno no puede articular una respuesta que se crea genuina porque no hay consenso sobre cuál es el real problema.
- La competición no puede coordinarse más allá de las críticas, porque sus diagnósticos divergen aunque sus objetivos coincidan.
- Los actores dispuestos a negociar (como sugiere la reunión entre funcionarios y Danilo Medina/Leonel Fernández) no pueden fijar compromisos, porque cualquier acuerdo será culto como una capitulación por parte de algún sector.
El diálogo que pide Abinader es el indicio más claro de este problema. Es un mecanismo que señala que poco no está funcionando, pero no puede resolverlo, porque aún no existe la condición para que el diálogo produzca resultados –una comprensión suficientemente compartida de lo que se está negociando–.
¿Dónde está la situación?
El PRM entra en la recta final de su trámite con el eje que lo fundó desgastado y sin suceder consolidado uno nuevo.
La competición acumula presión sin suceder construido aún la alternativa que la haga probable como gobierno, no sólo como crítico.
El presidente Abinader opera bajo la doble obstáculo de un dilema de confianza que se refuerza mutuamente y una postura reactiva: cada reacción tardía confirma las dudas sobre su capacidad para liderar.
Y sobre todo pesa una variable que ningún actor menciona directamente pero que ordena todas las maniobras: Abinader no puede ser reelegido. 2028 no es sólo una selección. Es el horizonte que convierte todo lo que sucede ahora en posicionamiento para una sucesión cuya método ya está activa, aunque nadie la declare abierta.
La pregunta sin respuesta es si el PRM podrá encontrar un nuevo eje que no sea ni una honestidad desgastada ni una competencia no demostrada, antiguamente de que ese horizonte lo zona de influencia.
que observar
La proceso del drama dependerá de que se produzcan o no determinados movimientos:
- Si el gobierno logra instalar una novelística proactiva frente a la crisis económica entero; un plan, una propuesta con nombre propio. permitiéndole salir del modo reactivo
- Si el PLD logra completar el molinete en dirección a el eje de la competencia sin activar la memoria de la corrupción; es afirmar, si haces la pregunta ¿Quién sabe regentar? sin la respuesta arrastrando la pregunta ¿A qué costo?
- Si Leonel Fernández y la Fuerza del Pueblo logran sobrevenir de la denuncia a la propuesta con suficiente credibilidad para convertirse en un gobierno periódico y no sólo en la primera fuerza opositora.
- Si la competición forja o no la alianza que algunos ya piden a gritos, para evitar que el PRM transfiera el poder en dirección a el interior en 2028.
- Si Abinader logra, en el tiempo que le queda, dominar la brecha entre sus intenciones declaradas y los resultados percibidos, porque esa brecha, más que cualquier escándalo puntual, es la que alimenta el dilema de confianza que lo rodea.
En 2020, la pregunta era si el PRM podría ser lo que el PLD no había sido.
Ahora, la pregunta es si el PRM puede demostrar que sabe hacer lo que sí sabía hacer el PLD.
El eje se ha invertido. El adversario se ha convertido en el tipificado.
Y hasta que el gobierno encuentre una respuesta probable a esa pregunta, el drama seguirá siendo impulsado desde exterior.
