Barcelona.- En 1867, el Consell de Cent de Barcelona nombró patrona de la ciudad a la Mare de Déu de la Mercè, lo que dividió las devociones entre sus partidarios y los que seguían depositando su fe en la mártir santa Eulàlia. El Palau Sant Jordi ha sido informante este lunes de la santificación de Rosalía, la mujer que hoy adoran los barceloneses.

Con ella y su 'Lux', los mecanismos del fervor tradicional, concentrado en el pequeño cuadro que aparece en la cartera, y lo contemporáneo, poco así como tener a tu comediante preferido como fondo de pantalla, convergen y llevan al engendro fan a peregrinar hasta la capilla barroca.

Así lo han hecho cerca de 18.000 feligreses, que con sus mejores costumbres han subido a la montaña de Montjuïc para presenciar la consagración musical y mística del comediante de Sant Esteve Sesrovires, finalmente en casa tras destapar la tournée en Lyon y continuar por París, Zúrich, Milán, Madrid y Lisboa.

Tras media hora de prórroga, se abrió el telón que cerraba el atmósfera del pabellón y, tras él, aparecieron unos trabajadores con una caja, que una vez desmontada dejó ver a Rosalía vestida con un tutú, como si fuera una almea en una caja de música, y, hierática, regaló a su pueblo 'Sexo, violencia y neumáticos' y 'Reliquia', que Sant Jordi recibió con tremendo estruendo cuando cantó aquello de “Crecí y aprendí nervio, por Barcelona”.

Emoción por cantar en tu ciudad

Rosalía, conmovida por la eterna ovación de Montjuïc, sólo ha acertado a opinar “Merci, Barcelona”, poco que ha cortado inmediatamente la crudeza electrónica que cierra 'Porcelana' y el sonido berlinés del bajo de 'Divinize', que han hecho retumbar a la montaña, poco acostumbrada al techno, en un bello contraste con la dulce voz de la catalana y el repertorio de telas de sus bailarines.

«Te diré una cosa, Barcelona, te quiero con locura. Cantar en tu ciudad es una experiencia que te impone, porque es el lugar que te ha visto crecer, el lugar que te confronta con quién eras y quién eres, el lugar del que no puedes escapar de ti mismo», continuó Rosalía en catalán entre lágrimas luchando contra la dificultad, para luego salir con 'Mio Cristo piange diamanti' y esos agudos sólo al capacidad de un virtuoso vocal que hoy es toda una hado de la música. globales.

Porque Rosalía es zeitgeist: comprensión pura de los tiempos modernos, a la que le da misticismo si se lo piden, latín si hace desatiendo, show para TikTok si nos han frito los sesos con rainbrot, teatralización operística para la posteridad, literatura fáciles que se pueden compartir en una historia a modo de venganza y veto a fotoperiodistas si esa es la moda entre divas.

Fusión entre orquestal y electrónica

Así se ha hecho evidente en 'Berghain', que en su cruce entre lo orquestal y lo electrónico ha transformado la pista de bailoteo de Sant Jordi en una gran rave, una fiesta que ha continuado con 'Saoko', la primera muestra de los anteriores 'Motomami', 'La auge' y 'La combi Versace', antaño de saltar al espectáculo de danza contemporánea de 'De madrugá' y desaparecer tras el telón.

El silencio posterior lo rompió la percusión de la fanfarria, a la que se unió el resto de instrumentos para que Rosalía entrara de nuevo al ritmo de 'El Redentor', primer tema recuperado de 'Los Ángeles', su inicio de 2017, y luego se convirtiera en una Mona Lisa recortada sobre las montañas de Montserrat cantando 'No puedo quitarte los fanales de ti'.

El confesionario, en esta ocasión ocupado por Yolanda Ramos y una lacrimosa puntualización sobre el sexo desesperado y la depilación nocturna, ha donado paso al esperado 'La Perla', un himno al despecho escenificado con un brillante repertorio de sombras chinas entre Rosalía y los brazos de sus bailarines.

Primer concierto de cuatro con todas las entradas agotadas

La teatralización de 'Lux' en Barcelona ha continuado con 'Sauvignon blanc' y el de Sant Esteve Sesrovires sobre el piano blanco del mallorquín Llorenç Barceló, antiguo compañero del Taller de Músics, y una nueva alto del atmósfera, esta vez para situarse en el centro de la pista, rodeado por la fanfarria, y encadenar 'Dios es un stalker', 'Memoria', 'La rumba del Perdón' y 'CUUUUuuuuute', cerró en una fusión con 'Dulces Sueños (Están hechos de esto)' como si este lunes fuera un sábado más en la sala Apolo.

Ya bajando y en el atmósfera principal vestida de arcángel, Rosalía ha vuelto a recuperar 'Motomami' con la monería de 'Bizcochito' y el ritmo merengue de 'Desspechá', antaño de ofrecer 'Novia androide' y 'Focu 'ranni', dos de los tres cortes exclusivos de la publicación física de 'Lux', entre una tempestad de pétalos.

Agotada tras dos horas de concierto y con la sagacidad puesta en las otras tres fechas que dará esta semana en el Palau Sant Jordi, Rosalía se ha despedido de su ciudad, convirtiéndose hoy en un icono que supera la idea de un comediante, cantando en soledad 'Magnolias', una imagen que no debería estar muy remotamente de sus primeros conciertos en El Raval.