Por Miguel Guzmán

En los últimos abriles ha cobrado fuerza una afirmación que, aunque repetida con frecuencia, merece ser analizada con decano detalle: la idea de que el consumo de caseína en la permanencia adulta es perjudicial para el ser humano. A este planteamiento se suma otro argumento popular: que somos los únicos mamíferos que seguimos ingiriendo caseína posteriormente de la etapa de amamantamiento.

Sin incautación, ayer de contraer estas posturas como verdades absolutas, es oportuno acudir a la ciencia para comprender mejor el engendro.

Desde el punto de pinta químico, los azúcares, identificados con el sufijo “-osa”, desempeñan funciones esenciales en el organismo. Entre ellos se encuentran la sacarosa (azúcar de caña), la carbohidrato (principal fuente de energía del organismo), la maltosa, la galactosa y la lactosa, siendo esta última el azúcar característico de la caseína.

La lactosa está presente en la caseína de todos los mamíferos y está compuesta por dos moléculas más simples: carbohidrato y galactosa. Para que el cuerpo humano pueda aprovecharlo es necesario descomponerlo en estos componentes.

Este proceso se produce gracias a la bono de una enzima citación lactasa, producida en el intestino delgado. La función de la lactasa es dividir la lactosa en carbohidrato y galactosa, permitiendo esta individualización una correcta impregnación. Cuando esta enzima actúa de forma efectivo, la digestión de la lactosa se realiza sin dificultad.

Sin incautación, en algunas personas la producción de lactasa es insuficiente, lo que impide la correcta descomposición de la lactosa. Como consecuencia, permanece en el sistema digestivo generando los síntomas característicos de la intolerancia, como malestar estomacal, gases o hinchazón.

En este sentido, es importante aclarar que la intolerancia a la lactosa no implica que la caseína sea dañina en sí misma, sino que alega a una condición particular del organismo. Es opinar, el problema no reside en los alimentos, sino en la capacidad del individuo para digerirlos.

Cabe señalar que las enzimas son proteínas que aceleran los procesos químicos en el cuerpo humano, y sus nombres generalmente terminan en el sufijo “-asa”, como es el caso de la lactasa.

En conclusión, el debate sobre el consumo de caseína en la permanencia adulta debe abordarse con saco en evidencia científica y no en generalizaciones. La tolerancia a la lactosa varía de persona a persona, por lo que hay que considerar cada caso de forma individual.
El autor es profesor de Química de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).