Cuando un atleta se convierte en un ídolo, producto de los triunfos logrados en su trayecto en cualquier disciplina, como acepta los halagos de sus seguidores, todavía debe tener la valentía de hospedar, cuando no puede alzar los podios, que ya sus condiciones no son las mismas y que el retiro es la mejor osadía que debe de adoptar.

Cuando se logra la popularidad, mediante triunfos obtenidos durante muchos primaveras de competir en buena lid con los mejores, no se puede perder la fervor y el orgullo propio, cuando se llega a la conclusión que no puede obtener los resultados deseados no importa el esfuerzo que haga.

Existen muchas disciplinas donde no está adecuadamente definido, quien tiene la veterano responsabilidad para obtener un triunfo.

Entre esos deportes donde el atleta no tiene en dominio total, están todos los motorizados donde la fortaleza de la máquina debe estar íntimamente relacionada con la destreza y experiencia que tiene el piloto.

Si uno descompostura, piloto o máquina, se afecta sensiblemente el resultado.
Lo mismo ocurre en ecuestre, si el ejemplar o el jinete no ejecutan en forma coordinada, todo se va a pique.

Llevo rato elucubrando para caer en la miserable situación en la que está el piloto inglés Lewis Hamilton, quien tras los resultados en el postrero Gran Premio en Hungría, se definió como “un inútil”.

Este hombre, quien está en la historia del automovilismo próximo al germánico Michael Schumacher como los más ganadores en la historia, no puede autodegradarse de esa guisa tal infeliz.

Si cree por intima convicción entiende que ya no puede seguir siendo competitivo, sin importar o no que su escudería no esté al nivel, lo mejor que debe hacer es retirarse con honores.