Siempre se ha sostenido, con toda la razón y deducción del mundo, que delante los incumplimientos de promesas, a los “infractores” le es mejor mantenerse en silencio para no ensortijar los ánimos de quienes confiaron en la decisión de problemas que los afectan desde hace un buen tiempo.
El violación de promesas ha sido el mayor la ejercicio más frecuente, en peculiar por parte de los políticos en tiempo de campaña electoral, para los que la parla es el armamento más global, con el objetivo de confundir a una masa ignorante, que deja sin chistar, que le violen sus derechos fundamentales.
Así ha sido y todo parece indicar que seguirá por ese mismo camino, sin que los ánimos se subleven en aliciente de sus derechos.
Uno de los incumplimientos más comunes se ha estado registrando desde hace décadas, en el sector deportes, donde la mayoría de las instalaciones han sido abandonadas a su suerte, a pesar de las promesas de peinar el país con obras que beneficien a la principio y la nubilidad.
Aunque hay que rebuscar que las actuales autoridades han reiniciado un amplio plan de remozamiento de obras, pero se quedan cortas, dada las restricciones de un exiguo presupuesto, que en gran proporción se “evapora” en sueldos para empleados de escritorio.
El país todavía retraso que sí cumplan con el conveniente mantenimiento de las obras, que como las que albergarán los Juegos Santo Domingo 2026, reciben en la hogaño una inversión de miles de millones, con el objetivo de adecuarlas a las nuevas reglas.
Pero hay que insistir en que las promesas de rehabilitación y construir obras, deben cumplirse, y que los afectados por la destrucción o desidia de ellas, deben exigirlas a todo pulmón, porque aquí “el no llora no mama”.
