En medio de la creciente crisis humanitaria y de seguridad en Haití, es importante desmantelar ciertas narrativas falsas que algunos sectores intentan imponer, especialmente en foros internacionales. Una de ellas es la hipocresía histórica que la República Dominicana y los Haití comparten un pasado colonial idéntico. Esta visión simplista e inexacta ignora las realidades arraigadas que explican las diferencias estructurales entre los dos países.

La verdad es que la República Dominicana es una nación de raíces de raza mixta con una herencia hispana definida, mientras que Haití salió de una tragedia africana trasplantada en el Caribe, conformada por la colonización extrema basada en esclavos y una revolución sangrienta. Los dos países comparten una isla, pero no una historia o destino popular.

Hoy, Haití se tambalea al borde del colapso total. Se ha convertido en un estado fallido: sin control territorial, sin instituciones que funcionan y una población atrapada en la pobreza, la violencia y la desesperación.

Es uno de los países más pobres del planeta, con más de 700,000 haitianos obligados a marcharse en condiciones inhumanas, navegando por rutas peligrosas y redes criminales solo para sobrevivir.

El tejido social está completamente desgarrado. Las pandillas fuertemente armadas han incautado el control de grandes áreas urbanas y rurales, imponiendo regímenes de terror. Se han negligente ciudades enteras, convirtiéndose en territorios fantasmas gobernados por la fuerza bruta.

En medio de este caos, el tráfico de drogas, la tráfico de personas y las redes de armas ilegales prosperan, aprovechando la desatiendo de gobernanza para efectuar con impunidad.

Como resultado, las escenas en Port-Au Prince y otras ciudades importantes son pesadillas: los cuerpos humanos arden en las calles, víctimas de linchamientos públicos o enfrentamientos entre facciones criminales. El orden institucional ha desaparecido por completo.

La Policía Nacional está abrumada, disuelta y, en muchos casos, infiltrada. El poder sumarial es efectivamente inexistente. El parlamento está cerrado. La presidencia es un hueco de poder, y la población civil está completamente indefensa: un hostaje a un clima sin precedentes de barbarie y desesperación.

La situación es tan crítica que incluso la distribución de alimentos y medicina se ha derrumbado, y las organizaciones internacionales enfrentan enormes desafíos en la operación en el contorno. Haití ya no se enfrenta a una crisis: está soportando una tragedia humana prolongada y en expansión que amenaza con derramar más allá de sus fronteras si no se toman medidas urgentes.

La comunidad internacional ha mostrado una indiferencia inquietante a la tragedia de Haití. A pesar de los esfuerzos del gobierno dominicano para crear conciencia y inquirir soluciones concretas, la respuesta ha sido tibia o ineficaz.

La intervención liderada por Kenia, que inicialmente generó cierta esperanza y se anunció como una fuerza de 2.500 miembros, hasta ahora ha resultado en el despliegue de solo 400 oficiales, claramente insuficientes para tocar el colapso estatal de Haití. La organización de Kenia ha fallado frente a la magnitud de la crisis.

Con más de 100 pandillas que operan activamente y crímenes como secuestros, trastorno, asesinatos y masacres, incluida el homicidio de 200 civiles en un solo día, ahora está en un punto de no retorno. El estado haitiano ha sido reemplazado por una estructura criminal que secuestra, asesina y controla vecindarios enteros como feudos privados.

Dado este tablas, la República Dominicana no debe ser culpada ni criticada por tomar decisiones soberanas para proteger su integridad territorial y estabilidad social. El gobierno dominicano ha actuado de modo responsable y ha demostrado solidaridad interiormente de sus medios, pero no puede soportar las consecuencias de una tragedia que se ha ignorado internacionalmente. Es hora de que las organizaciones multilaterales y los países influyentes tomen medidas decisivas y dejen de presionar a la República Dominicana para que asuman roles que no son su responsabilidad. La posibilidad para Haití no puede, y no debería, caer sobre su vecino, sino más acertadamente en una intervención internacional verdaderamente efectiva, estructural y sostenida.


Por el doctor Ramón Ceballo. Dominicano, médico, escritor, comunicador y miembro del Parlamento para la comunidad dominicana en el extranjero.