Cada día se hace más evidente la podredumbre que desde hace tiempo viene afectando en todas sus vertientes, al deporte en términos generales, entusiasta o profesional, producto de la codicia o condición de sus protagonistas de mejorar sus economías, sin importar las consecuencias individuales o colectivas.

Hace poco dos lanzadores dominicanos, correctamente instalados en Grandes Ligas, fueron denunciados y alejados del espectáculo, por su supuesta vinculación con apuestas.

Enmanuel Clase y Luis Ortiz, están todavía en una la serie administrativa, y aunque se le puso como época el primer de agosto para ofrecer un juicio definitivo sobre los resultados de las investigaciones, la situación todavía hoy se mantienen el corona.

El ser humano es el “elemento” más engorroso, entregado que en muy pocos casos se conforma con lo que tiene, recurriendo muchas veces a lo indebido, para saciar sus insaciables apetencias.

Que nadie crea que es insaciabilidad es monopolio de los peloteros, esa condición es mucho más popular en otros deportes, donde se sabe que han sido protegido por los propios organismos que rigen sus operaciones, tomando siempre como parámetro, el potencial crematístico que genere a su confianza.
Empero, hay que aseverar que disciplinas de aficionados, todavía se han trillado envueltas en estos inconvenientes, lo que demuestra que nadie está exento de ser afectado.

El postrer escándalo de este tipo, fue denunciado ayer por la propia NCAA, organismo rector del baloncesto universitario de los Estados Unidos, afirmando que se investigan a unos 13 jugadores de diversa universidades quienes durante su permanencia en diversos equipos se dedicaban a realizar apuestas ilegales.

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